¡Abracadabra! que las brujas se levanten y que el patriarcado caiga

Nariguda, verrugosa y desdentada. Vestida de negro, despeinada y miserable. Sin compañía humana. Rodeada de gatos y libros oscuros. La bruja, la mala de las historias infantiles clásicas, es casi siempre presentada como una anciana de mal carácter y con poderes que la mayoría de las veces usa con malas intenciones. Ella es fea, tan fea como lo es cualquiera a la que se le atribuyen los ingredientes con los que se ha fabricado la idea de la fealdad femenina (vejez, malhumor, desaliño…). Su destino, por sentado, es fatal; es la que no debe sobrevivir para garantizar un final feliz a la princesa, a la buena de la historia, la que todo lo logra con el poder de la belleza. En esta trama, la bruja debe morir quemada y torturada como resarcimiento por su crueldad: ojo por ojo, la bruja en Hansel y Gretel se consume abrasada dentro de su propio horno; diente por diente, la bruja de Blancanieves se desploma sobre los zapatos de hierro encendido con los que la obligaron a bailar hasta morir; golpe por golpe, la bruja de La Sirenita se hunde tras ser estoqueada por el intrépido príncipe. Así, es larga la lista de escenas de violencia contra mujeres que estas narraciones justifican en su figurada maldad. Por lo demás, cabe preguntarse si no es muy evidente la discordia por clase, edad y apariencia que se construye entre las mujeres en tales relatos y si no es demasiado actual esa idea de que solo, en la que es noble y bella, triunfan el amor y la felicidad. 

Pero no fue solo en los cuentos infantiles sino en la Europa de los siglos XVI y XVII donde cientos de miles de mujeres fueron quemadas y torturadas, acusadas de pactar con el diablo para conseguir poderes y con estos sembrar el mal a su alrededor. Aunque estos hechos parecen salidos de la inventiva de un cuento, constituyen un capítulo de dos siglos de historia conocido bajo el nombre de “caza de brujas”. Las mujeres brujas, se decía, se alimentaban de niñas y niños que asesinaban, provocaban abortos y esterilizaciones, tenían prácticas sexuales con el demonio y embrujaban a los hombres para hacerlos actuar a su favor. Además, usaban toda clase de brebajes y pócimas para esparcir enfermedades, muerte y desdicha. En la historia oficial, la tortura y el asesinato de estas mujeres se presenta, como en los cuentos, banalizado, risible y producto de la ignorancia y la barbarie eclesiástica del medioevo. 

Sin embargo, las académicas feministas, entre las que se destaca la italiana Silvia Federici, explican que la cacería de brujas no fue un vestigio de la superstición medieval, sino un hecho clave en las varias transiciones y transformaciones sociales que acompañaron el fin del feudalismo y el surgimiento del capitalismo en Europa. Fueron hombres que contaban con algún estatus en las instituciones nacientes del poder político, religioso y científico, jueces, abogados, filósofos, médicos y teólogos, quienes a través de numerosos tratados, leyes y ordenanzas construyeron la brujería como un crimen e idearon y perpetraron su castigo. 

La reproducción, la anticoncepción, la fertilidad, el aborto, el embarazo, el parto y la crianza fueron (y siguen siendo) los temas sobre los cuales giraban las preocupaciones y las acusaciones de brujería. Si bien se ha encontrado que en la Edad Media las mujeres conocían y usaban numerosos métodos de anticoncepción, durante la caza de brujas se demonizó cualquier forma de control de la natalidad y de la sexualidad no procreativa y por fuera de los vínculos de la monogamia. 

Al tiempo que algunas mujeres eran acusadas de sacrificar niñas y niños al demonio, los Gobiernos europeos definieron la anticoncepción y el aborto como infanticidio y establecieron penas severas contra estos. La preocupación por la crisis demográfica y económica que se estaba dando en Europa, así como la inauguración de un paradigma basado en la idea de que una población grande y consagrada al trabajo constituye la fuente de riqueza de una nación, hicieron cobrar interés en el cuerpo de las mujeres como máquinas para la producción de fuerza de trabajo. Allí, el arquetipo de la bruja sembró en el imaginario colectivo las ideas necesarias para que, desde las tribunas de los poderes eclesiásticos y del Estado, se justificara la violencia hacia todas aquellas que se negaran o amenazaran a la concepción y a la crianza de las nuevas promesas obreras. 

La caza de brujas no fue, entonces, un hecho promovido exclusivamente por la institución de la iglesia sino una estrategia de Estado para poner bajo control y a su beneficio los cuerpos, la energía creativa y los poderes sexuales de las mujeres. Las mujeres acusadas eran comadronas, parteras, cocineras, curanderas… que ponían al servicio de sus comunidades, en el ámbito público, sus saberes tradicionales relacionados con la sexualidad y la vida, por los que eran reconocidas y apreciadas. A través de la cacería de brujas, se demeritó y satanizó todo el conjunto de prácticas y conocimientos ancestrales que ellas dominaban y transmitían de generación en generación, cuando las mujeres mayores y las jóvenes se estaban empezando a construir en los imaginarios como rivales y se estaba allanando el terreno para la legitimación de una práctica médica moderna, fundamentalmente sexista y masculinizada. 

Así, la censura de los conocimientos y las prácticas de las mujeres favoreció la concepción de una feminidad doméstica, consagrada al cuidado y a la crianza, más subyugada a los hombres y más controlada y al servicio del Estado: en la hoguera, ante la mirada pública, se fundió a la bruja y a la princesa. De las cenizas de las mujeres quemadas tras ser acusadas de brujería, emergió el ideal moderno, blanco y burgués de la feminidad. Si la bruja representaba una abominación despreciable, una mala cristiana con una supuesta sexualidad insaciable, la mujer buena debía ser casta, pasiva, obediente y dedicada al hogar. Al mismo tiempo, la amenaza de la hoguera y de la exhibición del proceso de incineración de los cuerpos en un evento público socavó la relaciones de solidaridad y complicidad entre mujeres y sembró semillas de desconfianza y desunión entre personas de la comunidad, forzadas a espiarse y denunciarse entre sí. 

Ahora bien, la caza de brujas y las acusaciones de adoración al demonio también llegaron a estas tierras durante la colonización, así como a Suráfrica, Nigeria e India. Las técnicas de persecución y exterminio masivo desarrolladas en contra de las mujeres acusadas de brujería y los métodos utilizados como parte de la colonización hacen parte de un flujo transfronterizo de discursos e imágenes forjadas en especial en Europa. La demonización de las personas y de sus conocimientos fue clave en el proceso de colonización para infundir terror, quebrar la resistencia de las poblaciones locales, deshumanizar a las víctimas, expropiarlas de sus territorios y justificar todo tipo violencia. 

Cuatro siglos después, la caza de brujas continúa. Por ejemplo, mujeres en Ghana viven aisladas en campamentos tras ser acusadas de brujería; este es solo un caso que toma especial visibilidad entre otros tantos que en los últimos años se han reportado en distintos países de todos los continentes. Digámoslo abiertamente, la acusación de bruja ha sido y recae aún hoy en día sobre toda mujer que plantee un desafío a la autoridad masculina y al orden social y sexual establecido. Todavía, retomando las palabras de Federici, la caza de brujas sigue siendo una guerra contra las mujeres para destruir su poder social. 

La persecución y la violencia justificadas en la figura de la bruja atraviesan la historia de las mujeres y continúan haciendo parte de un disciplinamiento al que muchas siguen resistiéndose. Sin embargo, los hechos que se presentaron ayer y los que se viven hoy se difunden, en su mayoría, desprovistos de todo carácter político: “las brujas” sobreviven en los imaginarios principalmente como personajes del mundo literario infantil-juvenil o del folclor de algunos países. Mujeres que crearon métodos para aprovechar las propiedades de hierbas, otros vegetales y animales para fines comestibles y curativos pasan a la historia junto a un caldero batiendo el bebedizo que contiene las partes de sus víctimas. Mujeres que se encargan de atender la salud de las personas más pobres aparecen mezclando pociones para expandir el mal en sus comunidades. Mujeres que han liderado luchas anticoloniales pasan a la historia como arpías ponzoñosas reunidas en aquelarres para adorar y fornicar con el diablo. Como se reconocerá, son varias las fantasías misóginas que se desprenden de estos relatos. 

Hoy, el estigma de la bruja y sus consecuencias siguen recayendo sobre mujeres que se unen para exigir reconocimiento social, político y económico de su trabajo y sobre las que se organizan para defender los territorios del neocolonialismo, el extractivismo, la devastación del medioambiente, la expropiación de tierras y el conflicto armado. También, la persecución se ejerce sobre las mujeres que desarrollan y practican conocimientos sobre la sexualidad y la reproducción y que exigen justicia reproductiva para tener las condiciones materiales que permitan a cada cual decidir ser o no ser madre. El cuerpo de las mujeres sigue siendo visto como un recurso para la apropiación, el dominio y el control; a través de la violencia hacia este, no solo se debilitan la autonomía y la libertad de las mujeres sino los lazos de solidaridad y cohesión social de las comunidades donde ellas viven. 

Por ello, es importante sacar a la luz el tema en estos días, sacudir las telarañas, levantar la voz sobre los relatos de tipo mitológico, folclórico y ficticio que se han construido en torno a la imagen de la bruja, ubicarlo en la memoria y denunciar lo que pasó ayer y continúa pasando hoy. Aún hay cientos de hogueras encendidas en el mundo con las que se busca hacer extinguir el poder de las mujeres y de sus luchas. Por fortuna, también cada vez hay más mujeres que, sobre todo, están interesadas en hacer conjuros para la construcción de una política del cuidado y de la vida digna: ¡Abracadabra!, que este movimiento crezca y se expanda con la energía del fuego que reúne a la gente y sirve para la transformación. ¡Hocus Pocus!, que el patriarcado caiga y se multipliquen las tramas y los finales felices en las historias de vida de todas y todos.