La era de las mujeres en la escena Rock: Un indicador de democracia y disfrute sin sesgos de género

Este año 2019, durante tres días, 338.134 personas participaron en la celebración de la edición número 25 de Rock al Parque, el festival de rock gratuito y al aire libre más grande de Latinoamérica. El evento, que logra cada año el encuentro y la convivencia de una diversidad de personas reunidas por este género musical, registró en esta oportunidad la asistencia más alta de toda su historia y, en particular, alcanzó la cifra más elevada de participación de mujeres, si se cuentan los últimos once años del festival, con un ingreso de 139.878 mujeres, que corresponden al 41% del total de asistentes; una cantidad con la que se podría llenar el estadio Nemesio Camacho El Campín tres veces y media. 

Este número no carece de importancia si se considera que las conquistas sociales de las mujeres se han dado en diferentes dimensiones de la existencia de la ciudad, que se sintetizan durante el desarrollo del Festival: la cultural, la artística y la recreativa. Es pertinente resaltar que la participación, el acceso y la contribución a la vida cultural es un derecho de las mujeres que históricamente no han podido ejercer en condiciones de igualdad con los hombres. En tal sentido, surge la necesidad del diseño y la implementación de estrategias y políticas públicas para consolidar una cultura libre de sexismos y generar condiciones para avanzar en la transformación de las situaciones que obstaculizan la participación libre y permanente de las mujeres, sobre la base del reconocimiento de sus diversidades. 

 

Foto: Brandon Pinto

 

Con el propósito de mejorar la experiencia de las mujeres durante el Festival, semanas antes del evento se invitó a la ciudadanía a participar en un espacio de conversación en la plataforma “Bogotá Abierta”, para propiciar una discusión orientada por la pregunta: ¿Qué cambios habría que hacer a Rock al Parque para aumentar la asistencia y el disfrute de las mujeres en el Festival? 

Las respuestas obtenidas apuntaron a tres aspectos principales alrededor de la problemática planteada: la necesidad de garantizar espacios seguros para las mujeres, el aumento de la oferta de baños en cantidad y calidad para el uso exclusivo de ellas y una mayor participación femenina en la logística, la producción técnica y la programación artística del festival. 

De esta forma, quedó evidenciado que, para que las mujeres puedan tener una participación plena en el Festival como espectadoras, creadoras y gestoras, se deben garantizar al menos dos condiciones. Por un lado, que el evento pueda ser percibido y experimentado por ellas como un espacio seguro y, por el otro, la implementación de acciones que posibiliten equiparar la representatividad y la visibilidad de las mujeres con respecto a los hombres en todas las dimensiones del Festival. 

Como varias cifras de distintas fuentes oficiales lo constatan, las mujeres se sienten más inseguras y vulnerables que los hombres en los diferentes ámbitos del espacio público, incluidos los parques. La persistencia histórica de un principio de división social en las formas de habitar el espacio –un ámbito público-masculino y un ámbito privado-femenino– sostiene la idea de que los lugares públicos son peligrosos para ellas, mientras el espacio doméstico es más seguro. Este planteamiento ha implicado no solo que la organización y las características de los espacios públicos, además de las actividades para las que están proyectados y la dotación que tienen, en general estén pensados por hombres y para hombres y desconozcan las necesidades particulares de las mujeres, sino que ellas se cohíban de ocuparlos y sientan limitaciones para desenvolverse con tranquilidad en estos. 

Así, en estos eventos públicos las mujeres no solo temen ser víctimas de hurto, accidentes y riñas, sino que con frecuencia deben lidiar con actos de acoso sexual como miradas, gestos, comentarios, chistes, opiniones sobre su apariencia y, en algunos casos y en especial en contextos de aglomeración, tocamientos o contactos físicos no consensuados. Quizás por esto, como lo pudo evidenciar el equipo del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género, OMEG, de la Secretaría Distrital de la Mujer, que realizó un ejercicio de observación cualitativa durante los tres días del Festival, son pocas las mujeres que asisten al evento solas: la mayoría lo hacen en grupos de 3 a 5 personas, en compañía de amigos o amigas o con la pareja. Las mujeres que van con otras mujeres transitan juntas por los espacios y no hacen uso de los diferentes servicios del parque solas; ellas se toman de la mano cuando atraviesan aglomeraciones o cuando se trata de encontrar un lugar cercano al escenario. 

 

Foto: Daniel Peña

 

Dadas las recomendaciones de la ciudadanía, la Secretaría Distrital de la Mujer y el Idartes llevaron a cabo varias acciones orientadas a garantizar a las mujeres una buena experiencia en el Festival. La primera se denominó quioscos violeta y se realizó con la Red Nacional de Mujeres, iniciativa que hace parte del proyecto Ciudades Seguras de la ONU; en los quioscos violeta, las mujeres recibieron información clara y completa sobre sus derechos, las rutas de atención en caso de ser víctimas de violencia y los servicios ofrecidos por la Secretaría Distrital de la Mujer. En total, estuvieron atendiendo a las asistentes 15 mujeres representantes del proceso de Eliminación de Violencias contra las Mujeres de la Secretaría y una representante de la Red Nacional de Mujeres, quienes fueron las encargadas de difundir la información y compartir opiniones con las participantes.

De la misma forma, se solicitó un mayor número de personal femenino de la Policía para garantizar que la requisa a las mujeres se efectuara con celeridad, con la intención de aliviar este momento de estrés para algunas asistentes que deben separarse de sus grupos o acompañantes. Asimismo, se garantizó que las requisas consistieran en una revisión externa, superficial y no invasiva y se dieran en el marco de un trato cordial y respetuoso entre el personal de logística, de la Policía y las asistentes. 

Por otra parte, se había establecido que el 60% de los baños distribuidos en todos los espacios del Festival estuvieran dispuestos para el uso exclusivo de las mujeres. Si bien la distribución a favor de ellas se realizó, la diferenciación de baños para hombres y para mujeres no fue clara. Durante las horas más concurridas del evento, se observó que las filas para los baños de las mujeres se tornaban mixtas, mientras las filas para el ingreso a los baños de hombres se mantenían exclusivas para ellos. La señalización y la iluminación de los baños también es un tema por mejorar en las próximas ediciones. 

 

Foto: César Pinzón

 

También se destaca que, durante los tres días, en las pantallas y a través del presentador, se transmitieron mensajes asociados a la campaña “Bogotá Libre de Machismo”, para significar que el Festival es un espacio libre de machismo en el que se fomenta la convivencia, se promueve la solidaridad y se genera bienestar colectivo. 

¿Por qué es importante la visibilización de las mujeres en el rock? 

En todas sus variantes estilísticas, el rock no es ajeno a las dinámicas de la reproducción del sexismo y a las transformaciones socioculturales de la desigualdad de género. En los procesos de producción, circulación y consumo del rock, así como de otros géneros musicales, hay una construcción de símbolos que, a través de letras, videos, puestas en escena, bailes e indumentaria, entre otras, comunican y reproducen imágenes y mensajes particulares sobre la feminidad y la masculinidad y las relaciones entre mujeres y hombres. 

El rock, en general, está asociado a actitudes y prácticas que no corresponden necesariamente a los estereotipos histórico-culturales de la feminidad, por sus características de rebeldía, agresividad, transgresión y rudeza. Mientras géneros musicales como el pop y las baladas parecen armonizar con las construcciones y las expresiones tradicionales de lo femenino, el punk, el metal, y otros estilos del Rock se alejan de estas, aunque en algunos casos conservan un cierto tipo de masculinidad entendida en términos convencionales. Como señala el antropólogo e historiador letonés Juris Tipa en su estudio sobre el género y el consumo de música, “la música participa en la construcción de la identidad de género ­­­–sobre todo en su reafirmación–, y a la vez el género muchas veces puede definir nuestros gustos”. 

 

Foto: Brandon Pinto

 

Y es que, aunque siempre han existido mujeres que disfrutan del rock, la representación y la apropiación de ambos sexos en el escenario y entre el público presenta varias diferencias. Así, el sábado, dedicado a bandas de rock duro y metal, fue el día con menor participación de mujeres entre el público y entre las artistas. El 33% del total de asistentes fueron mujeres y, entre las 21 bandas de la programación, solo una estaba integrada por mujeres y otras dos tenían mujeres vocalistas. Sin embargo, las mujeres incursionan cada vez más en este género y, tanto las artistas como las seguidoras, siguen negociando su representación en el rock como personas que tienen talento para hacer esta música y como seguidoras que lo disfrutan y simpatizan con su estética, mediante apariencias físicas de carácter fuerte y rebelde: muchas de las asistentes acudieron al parque con ropa y maquillajes oscuros, máscaras con diseños sombríos o amenazantes, taches, cuero, mallas y otros accesorios. 

En contraste, el tercer día, dedicado al reggae, ska, pop-rock y, en términos generales, a grandes iconos del rock en español, mostró la más alta participación femenina como público (48%) y como artistas en la tarima. Durante la observación, el OMEG constató que, en las presentaciones, mientras los hombres estaban más cerca del escenario y más aglomerados, las mujeres se mantenían lejos de las multitudes o en la periferia del escenario. Cobra sentido aquí una de las acciones comunes de la banda feminista punk Riot Grrrrl, que durante sus conciertos pedían a las mujeres hacerse en primera fila y dejar a los hombres atrás. Sobre este aspecto, también es relevante una de las acciones implementadas en esta versión del Festival, que consistió en ubicar pantallas a mitad de la platea, para que quienes no quisieran ubicarse adelante pudieran disfrutar mejor del espectáculo ofrecido por las y los artistas. Cabe resaltar que durante la presentación de mujeres artistas se apreció que no solo aumentaba la asistencia de mujeres sino el involucramiento de las asistentes en la función. 

También fueron pocas las mujeres que se vieron participando en los “pogos”, un tipo de baile propio de estos géneros musicales que se caracteriza por la práctica controlada de saltos, empujones y golpes. Estos se relacionan más con la agresividad, la resistencia al dolor, el desahogo, la adrenalina y la rebeldía asociada y permitida entre los hombres cuando de contacto físico violento se trata. Aunque algunas mujeres se integraban en el pogo, lo hacían a partir de las feminidades contestatarias del punk o en zonas externas del mismo y acompañadas. 

Hay que destacar que, si bien el rock es un fenómeno cultural asociado de forma principal a lo juvenil y que, en efecto, la asistencia del público femenino fue mayoritariamente joven, esta versión mostró que el Festival de Rock es también un espacio de encuentro intergeneracional. En la participación de 31 Minutos, se observaron madres que acudieron con sus hijas adolescentes, así como algunas abuelas rockeras, televisadas o no, que demuestran que la música y la cultura son bienes y derechos que todas y todos desean disfrutar sin distinciones. 

Damos las gracias a quienes en la organización y en el despliegue del evento hicieron lo posible por promover un mayor acceso de las mujeres al Festival, por evidenciar un cambio y un interés en la búsqueda de representatividad para los diferentes sectores de la población y por contribuir así a que el derecho a la cultura y a la ciudad sea también un derecho real para todas las mujeres en Bogotá. 

Esperamos que en cada uno de los frentes que hacen posible el Festival se siga promoviendo una cultura libre de sexismos en las próximas ediciones: queremos ver más instrumentistas, compositoras, vocalistas, periodistas, fotógrafas, promotoras y técnicas e insistimos en que los productos de las y los artistas, sus videos, letras y puestas en escena ayuden a transformar los imaginarios y los estereotipos sociales en torno a los roles de las mujeres, reproducidos a través de la música. 

Queremos hacer un reconocimiento a todas las mujeres que participaron este año en el Festival, porque su presencia contribuye a construir nuevos referentes y porque, con su participación, reafirman sus derechos y visibilizan a las mujeres en el movimiento rockero, más allá de la imagen pasiva de la “acompañante”, la groupie “novia de” y la cuidadora de los chicos rockeros. En esta edición, el Simón Bolívar permitió evidenciar los innegables avances de Rock al Parque como un espacio con más mujeres y más seguro para ellas.