Muros que hablan por sí solos

Durante las últimas semanas, un mural ubicado en la ciclorruta de la calle 26 con Avenida Boyacá ha dejado en evidencia una situación que académicas, activistas y personas vinculadas a entidades gubernamentales y a ONG vienen denunciando desde diferentes lugares del mundo: que los cuerpos de las mujeres en el espacio y en el transporte públicos son foco de diferentes tipos de violencias que las limitan como ciudadanas y restringen su libre tránsito y apropiación de la ciudad.  

El mural fue hecho como parte de las acciones participativas para el lanzamiento distrital del Primer Congreso Internacional 50-50 + Mujeres en Bici, cuyo objetivo es lograr que la mitad de los 800.000 viajes diarios en cicla sean realizados por mujeres. En él se ve a una mujer sostener una bicicleta mientras hace el conocido gesto del puño levantado, que representa la unidad, la fuerza y la solidaridad entre mujeres y se lee la consigna “Más mujeres en bici”. Su pintura estuvo a cargo de colectivos de mujeres que incentivan el uso de la bicicleta en Bogotá, en una jornada liderada por la Secretaría Distrital de la Mujer y la Secretaría Distrital de Movilidad para resignificar algunos puntos de las ciclorrutas previamente identificados como inseguros. 

Sin embargo, pocos días después, alguien desconocido dejó su impronta sobre el mural, al trazar encima un par de genitales masculinos y una frase debajo del mensaje inicial que dice “mujeres putas”. 

Este no es un acto más de los que suelen denominarse “vandalismo urbano”. El ataque anónimo es una representación de aquello que, precisamente, se buscaba denunciar y resignificar con el mural: que en el espacio público el cuerpo femenino es susceptible de ser convertido en un objeto sexual sobre el que cualquiera puede arremeter de diversas maneras y que es necesario seguir saliendo a las calles para visibilizar y denunciar las diferentes formas de violencias que experimentan las mujeres, adolescentes y niñas en el espacio público y manifestarse de esta manera lúdica. 

La elección de la imagen y la frase superpuestas en el mural no son arbitrarias. Aunque el uso de la bicicleta para desplazarse por la ciudad hace parte de la conquista que las mujeres han realizado para apropiarse del espacio público, un genital masculino a la vista de quienes transitan en el lugar advierte no solo del desacuerdo con el contenido expreso y simbólico del mural, sino de una presencia masculina sobre el territorio que puede censurarlas y silenciarlas, al tiempo que exterioriza su capacidad de dominio y control sobre el espacio y sobre los cuerpos allí representados. Este acto es, como sucede con el acoso sexual callejero, la exhibición de una transgresión a través de la cual se irrumpe sobre el cuerpo de una mujer en la calle para recordarle la vulnerabilidad sexual a la que está sometida en el espacio público. 

Como argumentan Kissling y Kramarae (1991), en las calles las mujeres encuentran “marcadores de paso” de carácter verbal y no verbal y de naturaleza sexual que los hombres utilizan para recordarles que ellas están sujetas a su observación, crítica y control. Cada una de estas prácticas, por más sutiles que parezcan, como en el caso de los piropos, van remarcando en lo cotidiano y a la vista del público los límites de lo que las mujeres deben ser y hacer en relación con su cuerpo y de lo que pueden ser y hacer cuando están en el espacio público. 

Asimismo, la respuesta a la consigna “Más mujeres en bici” con la frase “mujeres putas” da cuenta de cómo la utilización de esta expresión como forma de insulto está presente en las lógicas más comunes de control social de los cuerpos y las sexualidades femeninas. El estigma que impone el calificativo “putas” recae sobre cualquier mujer que transgrede las normas culturalmente asociadas a su rol de género y que ocupa espacios y posiciones sociales históricamente reservadas en exclusivo para los hombres. Como señala Dolores Juliano, en el uso del estigma “puta” y la vergüenza que de tal se deriva, lo que se señala y sanciona no es necesariamente una conducta sexual sino la autonomía femenina. 

La división entre mujeres “decentes” y “putas” es eficaz para reforzar la ruptura de la solidaridad entre las mujeres y para legitimar, en últimas, una segmentación entre mujeres que pueden ser respetadas según su adecuación a las normas y aquellas que pueden ser violentadas como castigo por su desacato a una ley patriarcal. No es arbitrario entonces que sea este el término usado para desaprobar y degradar la representación de una mujer que invita a más mujeres a desplazarse en bicicleta por un espacio que la historia y la cultura han construido como un escenario para el despliegue de lo asociado con la masculinidad. Hasta la Real Academia Española difunde como sinónimo de una mujer pública la palabra prostituta, mientras que al hombre público lo define como aquel que “tiene presencia e influjo en la vida social”. 

No es solo a través de la violencia física que se expresan las relaciones de poder y dominio y no es solo por medio de esta violencia que se puede producir daño. Pierre Bourdieu, en los años setenta, denominó “violencia simbólica” a un tipo de violencia más difícil de identificar que, sin embargo, sostiene la producción y reproducción de esta otra. La violencia simbólica tiene como sustento un tipo de poder que se ejerce directamente sobre los cuerpos al margen de cualquier coacción física y que determina en parte la conducta de aquellos sobre los que se impone. Este tipo de violencia se despliega con la reiteración cotidiana de discursos, prácticas y representaciones culturales que construyen los cuerpos y transmiten y reproducen relaciones de dominación, desigualdad y discriminación entre estos. Según Bourdieu, la base de dicha violencia es la aceptación de la dominación por parte de las personas en las que esta recae, quienes contribuyen a su perpetuación, a veces sin saberlo y otras a su pesar. 

El hecho de que estos actos violentos no dejen una huella visible favorece su invisibilización y poco cuestionamiento social y, en consecuencia, su eficacia y poder. A través de la insistencia y de la frecuencia cotidiana, estos actos se enraízan en las estructuras sociales y subjetivas como algo natural que, aun cuando pasan desapercibidas para la mayoría de las personas, tiene consecuencias directas en quienes recae día tras día. Y es que uno de los aspectos importantes al pensar en las violencias cotidianas es el de sus efectos significativos sobre la salud mental y física de las mujeres, dada la frecuencia con la que ellas deben experimentarlas. 

Aunque en la actualidad muchas mujeres habitan los espacios públicos, diferentes estudios, entre los que se encuentran algunos realizados por la Secretaría de la Mujer, demuestran que las mujeres evitan acudir a algunos sitios, temen recorrer ciertas calles, rehúsan salir en la noche, calculan a diario cómo vestirse, por dónde caminar, a qué horas y con quién transitar, para reducir la probabilidad de un ataque sexual, entre otros. 

Este tipo de actos cumplen una función en la estrategia más amplia de control social y apropiación simbólica del cuerpo femenino concebido para el placer y la mirada masculina. Las paredes de la ciudad exhiben –de forma positiva o negativa– el sentimiento de quienes recorren sus calles y, como en el caso de la intervención misógina sobre el mural de la biciusuaria, establecen un diálogo público con mensajes que refuerzan y difunden normas y costumbres sexistas, racistas, homolesbotransfóbicas y clasistas. Sin embargo, pocas veces reparamos en la manera en que las mujeres somos allí representadas y las experiencias de violencia se convierten en un aspecto natural del paisaje. 

Sabemos que, cuando esta clase de violencias se denuncia, se desatan reacciones de burla, trivialización y desautorización, que muchas veces promueven autocensura y perpetúan el silenciamiento y la impunidad. No obstante, a los intentos de silenciamiento con estas acciones, nosotras respondemos en colectivo que “no estamos solas” y que cada vez aumenta el número de voces distintas y fraternas que se están pronunciado y trabajando para que las niñas, adolescentes y mujeres puedan habitar la ciudad como un acto de libertad y no de valentía.